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#33

Recuerdos en Polaroid

La Vida de los Peces por Felipe Azúa

 

El cuarto largometraje de Matías Bize nos presenta una historia pequeña e intima, reconocible y auténtica, pero que contiene valores universales sobre la amistad, el amor, la madurez y otros cuantos temas que sin duda reflejan con cierta fidelidad los temores cotidianos de la condición humana, generando un contenido masivo que podría funcionar muy bien. 

Matías Bize nos ha acostumbrado a películas con un contenido asentado en el guión y “La Vida de los Peces” no es la excepción, en este caso los diálogos son tremendamente importantes e incluso terminan definiendo las acciones. Con todo esto se da un caso bastante extraño ya que el carácter notorio de los ganchos de guión, con diálogos algo precipitados termina revelándonos muchas de las incógnitas de la reunión-cumpleaños donde se encuentran un grupo de ex compañeros de colegio. Aquí el protagonista Andrés (Santiago Cabrera) debe partir de la fiesta ya que regresará al día siguiente a su trabajo fuera de Chile, mientras todo el mundo intenta convencerlo de quedarse por otro rato. En esta pequeña disyuntiva se reencuentra con temas de su pasado, ve como se ha ido quedando en una cierta infancia, recuerdos de un accidente adolescente y además de reencontrarse con Beatriz (Blanca Lewin) quien probablemente ha sido el amor de su vida, todo esto en constantes idas y vueltas que tanto pueden demostrar su indecisión como la mano del guionista. Como ya dije todo esto lo conocemos mediante los diálogos, que a ratos se hacen cotidianos pero cuando entran en terreno “serio” terminan siendo una herramienta muy poco sutil. 

 A nivel general se puede constatar que el director sigue madurando como realizador y tiene una cercanía con sus personajes que se agradece de todas maneras. Además de pequeñas obsesiones que dejan de ser un arrebato infantil y se convierte en sellos, firmas y tics propios de un autor, es aquí donde el tono de lo memorable es realzado por una suerte de capa enigmática que se demuestra en el uso de la cámara y la fotografía, los efectos de luces, contraluces, destellos y un constante uso de “flairs” (destellos y fuentes lumínicas desenfocadas) ante cámara predisponiéndose a los personajes, elementos que hablan sobre la transparencia, lo traslucido, la fidelidad de la imagen, un tono de registro de la memoria, que se siente como pasearse por dentro de una foto polaroid. Se suma a esto otros elementos como el uso de espejos, transparencias de un acuario y la utilización de música, esto último se hace reiterativo pero no se convierte en un cliché o error mas bien se transforma en un coqueteo y juego con el videoclip dentro del mismo film.

Sin duda este film va consolidando la carrera de Matías Bize y gustos aparte está convertido en uno de los directores más importantes de nuestro país y cada vez da señas de un cine mas de oficio y de autor, aún así la relevancia del guión como estructura y como estrategia juega en contra para completar el círculo de esta obra. Sería quizás bien estimulante recoger de los trabajos de Bize lo mejor de sus decisiones de dirección para aglutinarlos en un ejercicio de forma interesante por sobre ese interés dramático que constantemente responde a estrategias inherentes a un  cine con capacidad de distribución comercial. 

 

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